martes, 9 de noviembre de 2010

Milo para todos


Unos lo ven como uno de los artistas más talentosos de nuestro país que, con su estilo fresco, cercano e infantil supo renovar el circuito del arte. Otros como un aficionado, un marketinero, que más que un artista parece una fábrica de hacer y vender cuadros por la capacidad de promocionarse que tiene. Lo cierto es que Milo Lockett es uno de los pintores que más cuadros vende en el país, un fenómeno al que se puede admirar o repudiar, pero nunca ignorar.

Fue de todo antes de dedicarse de lleno al arte: desde ajero a verdulero. Tuvo bares y hasta una fábrica de remeras que quebró en el 2001 y lo terminó de empujar a su vocación. Hizo algunos talleres en Bellas Artes y con otros artistas y participó de la Beca Antorchas. Pero Milo es sobre todo un autodidacta, cosa de lo que se enorgullece, ya que lo liberó de prejuicios y estructuras rígidas y le permitió ser más libre y explorar nuevos caminos.

Además de pintar, Milo lleva adelante varios programas solidarios en los que enseña a niños de comunidades nativas a pintar (Estampando geografía). O la Gira Interminable, que consiste en pintar murales en jardines infantiles junto a chicos con síndrome de Down. No le rehuye a las entrevistas, en las que se muestra lúcido, astuto e hiperactivo. Ante medios como La Nación se sincera:

“A mí, como pintor, me parece interesante poder cambiar la realidad de las personas por unas horas o por unos días, no con la promesa de para siempre. Uno hace un taller para que se inicie un camino, no para solucionar nada. Algo que estuvo mal durante tantos años uno no lo va a cambiar pintando un mural, pero es un inicio, es arrancar un camino. Y es enunciar que pueden pasar otras cosas, que no está todo mal” afirma Lockett.

Sus obras solidarias son vistas por sus detractores como parte del fuerte marketing que impulsa. Él responde sin hesitar: “ Nadie está por fuera del mercado, los que dicen eso son mediocres que temen el fracaso. Es fácil adoptar una postura así. Si hacés arte es porque querés mostrarte, ganar plata y ser exitoso. Sino buscate un trabajo en una oficina y listo”.



"Aprovecho el error, si algo salió mal y me gustó, lo sigo. A veces son cosas graciosas, me divierto mucho. Trabajé mucho tiempo enojado, con bronca, renegaba contra el sistema. Después apareció la euforia, la compulsión por hacer más y más. Ahora la satisfacción es poder colaborar en lo social".


El chaqueño autodidacta ganó el Premio Revelación en el ArteBA de 2006. Su estilo infantil y naíf , sin pretensión de obra de arte se ha convertido en un fenómeno de ventas en el país y en el exterior. La rapidez con la que pinta, sumado a que trabaja entre diez y doce horas diarias, le permiten generar un caudal abundante de cuadros que se exponen en numerosas galerías. Para bien o para mal, Milo está en todas partes y es un éxito. Hasta sus críticos más acérrimos deben admitir que algo debe de tener.

"Yo aprendo con los chicos. Uno piensa que va a enseñar, pero en realidad termina tomando un material visual que en algún momento reaparece. Esos “baños de realidad” –como los llamo yo– para el artista son tan importantes como saber mezclar el rojo con el blanco".

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